Tuvieron que llegar al refugio, en Tinduf, para que la población infantil y juvenil saharaui fuera escolarizada casi al 100%. A lo largo de los años, y van 50, en las wilayas se fueron construyendo escuelas para atender a una población en edad escolar en aumento, y que progresaban en su formación académica. En un principio, fueron las mujeres -los hombres en la guerra- las que, como con tantos otros servicios, organizaron el trabajo escolar, bajo las directrices de la RASD. Hoy, el sistema de enseñanza en los campamentos de población refugiada saharaui completa la enseñanza secundaria.
Quien haya estado alguna vez en las aulas de esas escuelas, mientras se desarrolla una clase, no importa de qué materia, ha podido contagiarse del entusiasmo con el que las chicas y los chicos responden a los estímulos, con los que el personal docente procura llamar su atención. Casi todos levantan sus manos para ser los primeros en dar respuesta a una pregunta o para mostrar la tarea encargada, y llevada a cabo, o bien en la propia aula, o bien en la penumbra de la jaima o el beit familiares, en cualquier caso, no en las mejores condiciones, sí cercanas a la peores para cumplir con unas tareas, como las que los escolares pugnan por hacer valer, mostrándolas en alto, para que sean bien vistas y adecuadamente apreciadas.
La fotografía es un testimonio gráfico de lo dicho. De la precariedad del aula, como tal, y de sus recursos, también da cumplida prueba la foto. Es el trasunto, a escala escolar, de las condiciones en las que las familias saharauis refugiadas viven el día a día de sus existencias, si no con el entusiasmo infantil, que la foto permite también oír en el aula, sí con la determinación de un espíritu de resistencia, inasequible a la rendición, convencidas de que les asiste la fuerza de la razón, como las niñas y niños de la foto lo están de que sus tareas son las mejores. El entusiasmo infantil tiene la misma voz de su pueblo, cuando reclama ser escuchado y atendido en sus reivindicaciones de reparación, justicia y libertad, como las niñas y los niños aspiran, entusiastas, a que la maestra o el maestro les pongan una buena nota, porque no tienen ninguna duda, sus esfuerzos les ha costado, de que la merecen. Y, sí, se la ponen. Y, así, siguen creciendo y formándose, si bien las tareas en el aula van dejando paso a otros trabajos y acciones, animados por ese espíritu de resistencia, al que no le falta trazas de aquel entusiasmo.
El 3 de enero de 2026, una fuerza especial de Estados Unidos irrumpía en el lugar donde se alojaba el presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, para capturarlos y llevarlos ante un tribunal federal de Nueva York. Pronto la narrativa sobre la existencia del denominado “Cartel de los Soles” quedó al desnudo, dado que el mismo Departamento de Estado descartó su existencia ante el pedido de explicaciones de la Justicia Federal. Simplemente fue una “puesta en escena” para finalmente quedar reflejado que la intervención de Estados Unidos en Venezuela obedece a cuestiones geopolíticas y estratégicas. El orden internacional basado en reglas que sostenía Washington, se desmoronó, con sus consecuencias para el mediano y largo plazo…
Le président de la République, Abdelmadjid Tebboune, a adressé ce dimanche un message fort aux jeunes Algériens se trouvant à l’étranger dans des situations précaires ou en situation irrégulière. Lors d’un Conseil des ministres qu’il a présidé, le chef de l’Etat les a invités à régulariser leur situation et à rentrer en Algérie, dans une démarche présentée comme à la fois humaine et responsable.
Selon la présidence de la République, le président Tebboune a souligné que nombre de ces jeunes ont été induits en erreur ou manipulés par des individus cherchant à porter atteinte à la crédibilité de l’Etat. Il a précisé que, dans la majorité des cas, ces jeunes ne sont impliqués que dans des infractions mineures, souvent liées à la peur d’être convoqués par les services de sécurité ou à des affaires relevant de l’ordre public.
Le chef de l’Etat a également mis en garde contre l’instrumentalisation des chiffres relatifs à l’émigration clandestine. Selon lui, certaines parties exploitent ces données pour ternir l’image de l’Algérie et encourager les jeunes à quitter le pays par des voies illégales. Cette situation a conduit de nombreux Algériens à vivre à l’étranger dans des conditions difficiles, loin de leurs familles, parfois exposés à l’exploitation dans des emplois dégradants ou à d’autres formes d’abus.
Face à ce constat, le Conseil des ministres, sous la présidence d’Abdelmadjid Tebboune et en concertation avec l’ensemble des institutions de l’Etat, a décidé de mettre en place une mesure exceptionnelle visant à régulariser la situation de ces ressortissants algériens. Cette initiative est toutefois conditionnée à l’engagement des personnes concernées à ne pas récidiver.
La mise en œuvre de cette décision sera confiée aux représentations consulaires algériennes à l’étranger, qui accompagneront les démarches nécessaires jusqu’au retour des intéressés au pays.
Cette mesure ne concernera toutefois pas les personnes impliquées dans des crimes graves, notamment les affaires de meurtre, de trafic de drogue, de commerce d’armes, ni celles ayant collaboré avec des services de renseignement étrangers dans le but de porter atteinte à la sécurité et aux intérêts de l’Algérie.
Un estudio de la Universidad de Cambridge concluye que los alumnos palestinos han perdido cinco años lectivos debido a la covid-19 y la guerra y que se necesita una ayuda internacional urgente y contundente para reconstruir las estructuras educativas
Niños y niñas palestinos desplazados, en una escuela de la ONU en el sur de Gaza, el 4 de enero de 2026.HAITHAM IMAD (EFE)
La señal wifi se cortó de repente, cuando Leilian Hussein Hammad, de 19 años, estaba en medio de un examen de la universidad, en un café del centro de Gaza. “Intenté mantener la calma, pero solo pude retomar la prueba dos horas después. Afortunadamente, aún estaba dentro del plazo que nos dieron”, explica a este periódico en una entrevista realizada por WhatsApp. “Me estresan mucho más los problemas de conexión a internet o el miedo a que pueda haber un bombardeo cerca, pese al alto el fuego en vigor, que las preguntas del examen”. Esta joven, que cursa primer año de Derecho, tenía que haber empezado la universidad en octubre de 2023, pero ha pasado dos años sin ir a clase, tiempo en el que se ha visto obligada a desplazarse unas 10 veces con su familia, oriunda del norte de la Franja. “Ahora tengo mucho retraso y eso me frustra mucho”, dice desde la localidad de Deir el Balah, donde sus padres han logrado alquilar un pequeño apartamento “sin puertas ni ventanas en el que es muy complicado encontrar un lugar para concentrarse y estudiar”.
De Hammad y de muchos otros estudiantes en una situación similar habla una investigación internacional dirigida por la Universidad de Cambridge y publicada esta semana, en la que se alerta del grave riesgo de que surja una “generación perdida” en Gaza tras dos años de bombardeos que han pulverizado escuelas y universidades, han provocado cientos de muertos entre estudiantes y docentes y han causado un impacto psicológico en la juventud aún difícil de calibrar.
Me estresan mucho más los problemas de conexión a internet o el miedo a que pueda haber un bombardeo cerca, pese al alto el fuego en vigor, que las preguntas del examenLeilian Hussein Hammad, estudiante palestina
“No hay día en que no me sienta dividida. Una parte de mí mira a mi alrededor y tiene ganas de dejarlo todo; otra parte me dice que soy capaz y tengo que seguir estudiando en medio de estas dificultades, aunque nada indica que esto vaya a mejorar en un futuro cercano”, dice la chica. “Ojalá quienes vienen detrás de mí tengan la suerte de estudiar y soñar sin miedo”.
Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) de la ONU, al menos 18.069 escolares y 780 docentes de la Franja han perdido la vida y más de 26.391 estudiantes y 3.211 profesores resultaron heridos desde octubre de 2023. “Los palestinos han mostrado un deseo extraordinario de no renunciar a la educación, pero el desaliento de los jóvenes debería ser una gran señal de alerta para la comunidad internacional. Debemos hacer más para apoyarlos. No podemos esperar”, alerta Pauline Rose, coautora del informe y directora del Centro REAL de la Universidad de Cambridge, centrado en el acceso a la educación. En total, Israel ha matado en dos años al menos a 71.000 gazatíes después de que el movimiento islamista palestino Hamás perpetrara unos cruentos ataques en su territorio, en los que murieron unas 1.250 personas.
Al borde del colapso total
Según la ONU, más del 91% de las escuelas de Gaza (518 de un total de 564) necesitarán ser reconstruidas para poder usarse de nuevo y solo un 38% de los estudiantes de primaria y secundaria de la Franja ha podido acceder a algún tipo de aprendizaje en los últimos dos años, en los que, según los autores de este estudio, se ha estado a punto de “borrar el derecho de los niños a la educación y, con ello, su propia identidad”. “Los estudiantes sienten que los han matado solo por ser gazatíes”, dijo un miembro de una organización internacional al equipo de investigación.
La investigación, realizada por expertos del Centro REAL y del Centro de Estudios Libaneses, en colaboración con la UNRWA [agencia para los refugiados palestinos], se basa en datos de la ONU y ONG y entrevistas con personal humanitario, funcionarios gubernamentales, profesores y estudiantes. “Hace un año dijimos que la educación estaba siendo atacada; ahora la vida de los niños de Gaza está al borde de un colapso total”, insistió Rose. Por ello, los expertos hacen hincapié en que, sin una ayuda internacional urgente, de un mínimo de unos 1.200 millones de euros, no se podrá afrontar una mínima reconstrucción física de las estructuras educativas, ni hacer frente a los daños psicológicos del conflicto en los pequeños de Palestina. Este monto también incluye las necesidades de Cisjordania y Jerusalén-Este, donde ha habido escuelas cerradas de manera temporal o permanente y, según el estudio, más de 800 estudiantes y 28 profesores han muerto o han resultado heridos a manos de colonos y soldados israelíes.
La pérdida de fe y esperanza que los jóvenes están expresando debería ser una enorme señal de alerta para la comunidad internacional. Debemos hacer más para apoyarlos. No podemos esperarPauline Rose, Universidad de Cambridge
La investigación calcula que los niños en Gaza habrán perdido el equivalente a cinco años lectivos debido a los repetidos cierres escolares desde 2020, primero por la pandemia y luego por la guerra. Pero si las escuelas permanecen cerradas hasta septiembre de 2027, muchos adolescentes “estarán una década entera por detrás del nivel educativo que les corresponde”.
Para impedirlo, la UNRWA y el Ministerio de Educación palestino han fomentado las clases a distancia y han habilitado 422 espacios de aprendizaje provisionales en toda la Franja, con capacidad de acoger a más de 232.500 alumnos, atendidos por 5.540 profesores. Pero según la investigación de la Universidad de Cambridge, la violencia, el hambre y el trauma han sido más fuertes y “han erosionado la esperanza de los jóvenes palestinos en el futuro y en el sistema internacional”.
“Soy una de esas personas de las que habla el estudio”, dice Abdul Rahman Wael Ahmed. Este joven de 18 años ha pasado dos años estudiando a distancia, intentando conectarse desde tiendas de campaña o apartamentos prestados con profesores que daban clase desde Cisjordania. Un tesón que se repite en numerosos testimonios de estudiantes de Gaza, donde antes de 2023 no había prácticamente analfabetismo.
“Tenía amigos que me preguntaban ‘¿para qué estudias? no sirve de nada, si nos van a matar…“, recuerda Ahmed, en una entrevista por WhatsApp con este periódico. Desde Nuseirat, en el centro de Gaza, revive varios momentos traumáticos vividos desde 2023: personas tiroteadas a pocos metros en un retén, el edificio vecino bombardeado, aviones disparando en zonas abarrotadas de civiles… “He visto cosas que nunca imaginé y tengo miedo constantemente”, dice, explicando que solo habla de estos recuerdos y temores con su padre.
Desde que entró en vigor el alto el fuego a mediados de octubre, Ahmed va a una escuela privada, con profesores, internet y exámenes. Una mínima normalidad que le reconforta. “Voy con retraso para mi edad, pero no quiero perder de vista mi sueño, que es salir de aquí y estudiar medicina”, dice.
Miedo a ir a clase
Las decisiones en Gaza han sido muy difíciles, desesperadas a menudo, en los últimos meses. Los padres y madres no querían poner a sus hijos en peligro por llevarlos a una tienda de campaña o escuela en ruinas a estudiar y tampoco deseaban que se cansaran y tuvieran más hambre porque no había prácticamente qué comer.
“A veces me sentía sin fuerzas y sin capacidad de concentrarme por no haber comido”, recuerda Ahmed. “Ahora me veo algo más fuerte, pero me da terror que la guerra vuelva y todo se paralice de nuevo”.
No se sienten seguros en ningún lugar. A veces escuchan disparos cuando están en clase y me cuesta mucho convencerlos de que vuelvan al día siguienteRana Ahmed Abu Waked, madre gazatí
Rana Ahmed Abu Waked tiene cinco hijos de entre siete y 15 años. Los cuatro mayores acuden cuatro horas al día a un colegio bombardeado de Ciudad de Gaza en el que se instalaron algunas tiendas de campaña. Tienen que sentarse en el suelo y, como hace mucho frío, su madre les da trozos de tela para que hagan las veces de cojín. Aun así, regresan congelados.
“Tienen miedo de ir porque siguen temiendo a las bombas. Me dicen que les da terror no volver o que me pase algo a mí y no verme más. No se sienten seguros en ningún lugar. A veces escuchan disparos cuando están en clase y me cuesta mucho convencerlos de que vuelvan al día siguiente”, explica a este periódico.
Pero hoy es un buen día porque Naya, de 11 años, acaba de volver a casa con el primer examen que realiza desde octubre de 2023 y ha sacado muy buena nota. “La niña está feliz”, explica su madre, enviando por WhatsApp una imagen del control, realizado en una hoja arrancada de un cuaderno. Abu Waked explica que ahora pueden encontrarse algunos cuadernos y bolígrafos en los mercados e intentará comprarles algunos y que los compartan.
Pero su hijo de siete años, el más pequeño, no puede acudir a estas clases porque sus documentos de identidad se quemaron en un bombardeo y no han podido renovarlos. “A su edad aún no sabe escribir. Estoy intentando enseñarle yo”, se despide esta madre.
En estos días hemos visto La Cabalgata de Reyes avanzar por las calles como ríos de luz. Durante unas horas, la ciudad se transforma y todo parece posible. La certeza de que la magia existe mientras haya alguien dispuesto a creer en ella.
En los campamentos saharauis esa magia también existe aunque de forma diferente. Los niños saharauis avanzan encima de un viejo Land Rover, como una caravana de Reyes Magos cruzando el desierto.
En España, la cabalgata es promesa de regalos; en el desierto, la caravana es promesa de llegar. Unos niños esperan, otros avanzan como una cabalgata silenciosa. Desde lo alto, alzan las manos haciendo el signo de la victoria. Sus dedos dibujan una V contra el cielo abierto, un gesto pequeño y firme que desafía al cansancio de llevar muchos años siendo refugiados. El polvo se pega a sus rostros, pero no apaga la sonrisa ni la firmeza del gesto. Cada día la vida en el campamento pone a prueba sus cuerpos, pero no su voluntad.
Encima del Land Rover ríen, se sostienen unos a otros, miran al horizonte con la naturalidad de quien sabe resistir. Entre sus brazos no llevan cofres ni tesoros brillantes, sino libros del bubisher, protegidos del viento como si fueran algo sagrado. Esos libros pesan más que el oro de cualquier cabalgata, porque guardan palabras, futuro y memoria. Así, la caravana avanza; niños-reyes sin corona, celebrando la victoria del aprendizaje y de la esperanza, mientras el desierto observa en silencio ese desfile humilde y poderoso a la vez.
Josu Jon Imaz, expolítico vasco y actual ejecutivo de Repsol, lamiéndole los zapatos a Trump, felicitándole por la apropiación de Venezuela, llamando «Golfo de América» al Golfo de México y ofreciéndose para participar en la absorción vampírica del petroleo venezolano. Tiempos nuevos, tiempos salvajes:
La doctrina América Primero, aplicada por la administración estadounidense durante el segundo mandato de Donald Trump, no solo reconfiguró las relaciones de Washington con África, sino que expuso de forma descarnada los mecanismos de coerción, subordinación y expolio que estructuran la política occidental hacia el Sur Global. El análisis publicado por Al Mayadeen permite comprender esta estrategia no como una anomalía coyuntural, sino como la manifestación sin eufemismos de una lógica imperial que tiene también en el Sáhara Occidental uno de sus laboratorios más persistentes.
El texto parte de una constatación fundamental: Estados Unidos abandonó incluso la retórica del desarrollo y la promoción democrática para imponer un enfoque estrictamente transaccional, basado en la reciprocidad forzada, la presión económica y el alineamiento geopolítico. En África, esta estrategia se tradujo en aranceles punitivos, recortes de ayuda, condicionalidades políticas y una utilización abierta de la vulnerabilidad estructural de muchos Estados como instrumento de disciplinamiento. No se trató de errores de gestión, sino de una política consciente orientada a asegurar obediencia y control.
Este giro resulta especialmente revelador cuando se observa su impacto en países que intentan preservar márgenes de soberanía o adoptar posiciones autónomas en el escenario internacional. Sudáfrica es presentada como un caso paradigmático: sancionada política y diplomáticamente por su pertenencia a los BRICS, por su política de tierras y, sobre todo, por haber llevado a Israel ante la Corte Internacional de Justicia. La respuesta de Washington —expulsión de diplomáticos, suspensión de ayudas y boicot político— muestra hasta qué punto el respeto al derecho internacional se convierte en un obstáculo cuando entra en conflicto con los intereses de sus aliados estratégicos.
Es en este punto donde la conexión con el Sáhara Occidental se vuelve evidente. Marruecos ocupa en África un lugar singular dentro de esta arquitectura de poder: es uno de los principales beneficiarios del enfoque transaccional estadounidense. A cambio de alineamiento estratégico —normalización con Israel, cooperación militar, control migratorio y apertura económica— Rabat obtiene respaldo político, silencio cómplice o ambigüedad calculada respecto a su ocupación ilegal del Sáhara Occidental. La doctrina América Primero no crea esta situación, pero la consolida al vaciar de contenido los principios que formalmente sustentan el sistema internacional.
El análisis de Al Mayadeen sobre la ayuda condicionada y su uso como herramienta de presión resulta particularmente pertinente para el caso saharaui. En África, la retirada de financiación sanitaria o alimentaria se emplea como castigo político; en el Sáhara Occidental, la ayuda humanitaria a los campamentos de refugiados sigue siendo crónicamente insuficiente, mientras se tolera y normaliza el expolio de los recursos naturales del territorio ocupado. En ambos casos, la asistencia no responde a derechos, sino a cálculos geopolíticos.
El componente militar de la estrategia estadounidense refuerza esta lectura. Las operaciones de AFRICOM, la reducción de transparencia sobre víctimas civiles y la instrumentalización de la lucha antiterrorista revelan una concepción securitaria donde la estabilidad se define en función de intereses externos. Marruecos encaja perfectamente en este esquema: presentado como “socio fiable” y “factor de estabilidad”, recibe apoyo militar y político mientras mantiene una ocupación respaldada por la represión sistemática de la población saharaui y la violación continuada del derecho internacional humanitario.
Especial relevancia adquiere el concepto de “eje de la impunidad” desarrollado en el artículo, que articula a Estados Unidos, Israel y Emiratos Árabes Unidos en torno al expolio de recursos y la proyección de poder militar. Esta lógica es plenamente aplicable al Sáhara Occidental, donde empresas extranjeras, acuerdos comerciales ilegales y proyectos energéticos o extractivos se desarrollan con la cobertura diplomática de las mismas potencias que proclaman su compromiso con la legalidad internacional. Marruecos actúa aquí como intermediario regional de un sistema que convierte territorios ocupados en plataformas de negocio y control estratégico.
Finalmente, Al Mayadeen introduce un elemento clave: el efecto bumerán de la doctrina América Primero. La presión económica, la diplomacia coercitiva y el desprecio por el multilateralismo no han fortalecido la hegemonía estadounidense en África, sino que han acelerado la búsqueda de alternativas. El acercamiento de numerosos países africanos a los BRICS, la creación de alianzas regionales soberanas y el reforzamiento de marcos multilaterales sin Washington apuntan a un reordenamiento profundo del continente.
Para el Sáhara Occidental, esta dinámica abre una grieta significativa. La erosión del consenso occidental y el avance de un mundo más multipolar devuelven centralidad al derecho internacional como terreno de disputa. En ese contexto, la ocupación marroquí aparece cada vez menos como un “conflicto regional” y más como lo que siempre ha sido: un caso de descolonización pendiente sostenido por equilibrios geopolíticos que empiezan a resquebrajarse.
La lectura que propone Al Mayadeen no es neutral, pero sí coherente: África —y con ella el Sáhara Occidental— deja de ser un objeto pasivo de la política internacional para convertirse en un espacio donde se confrontan modelos de orden global. La doctrina América Primero, lejos de imponer estabilidad, ha contribuido a desnudar las contradicciones de un sistema que ya no logra ocultar su crisis de legitimidad.