Las cinco olas yihadistas | Internacional | EL PAÍS

El regreso de los talibanes a Kabul se perfila como un nuevo y poderoso acicate para el islamismo radical en Oriente Próximo, el norte de África y el Sahel

Un joven practica con un rifle de madera durante un entrenamiento militar de verano organizado por el grupo Yihad Islámica, en Gaza, Palestina.
Un joven practica con un rifle de madera durante un entrenamiento militar de verano organizado por el grupo Yihad Islámica, en Gaza, Palestina. ADEL HANA / AP

(…)

La quinta ola yihadista

Si la lucha contra el comunismo constituyó un aparente éxito, la gestión de esa victoria significó una hecatombe. De vuelta a casa, señalados y despreciados -especialmente por la monarquía saudí, que optó por las “tropas herejes” americanas frente a Sadam Husein-, aquellos antiguos “combatientes por la libertad” desatarían la tercera ola de terror. Primero contra sus propios gobernantes. Y más tarde, bajo el nombre de Al Qaeda, en todo el planeta protegidos por sus antiguos socios talibanes, que aprovecharon las armas estadounidenses, el vacío de poder ruso y la guerra civil para tomar el poder. La cuarta ola evolucionaría tras la ilegal invasión anglo-estadounidense de Irak, en 2003, de la mano de Abubaker al Bagdadi, quien cumpliría la fantasía que Osama Bin Laden solo se atrevió a soñar: erigir un Estado islámico.

Siete años después, el regreso de los talibanes a Kabul -en el que Rusia ha desempeñado un papel esencial- se perfila como un nuevo y poderoso acicate para el islamismo radical, no solo en la región, sino también en las zonas como el norte de África y el Sahel, donde ya se gesta la quinta ola yihadista. Durante el último lustro, los talibanes, junto a las tropas internacionales, han combatido a grupos asociados a Daesh (acrónimo del árabe para referirse al Estado Islámico de Irak y Levante, conocido por las siglas en inglés ISIS) como ISIS-K, ampliamente extendidos por la región del Khorasán, fronteriza con Irán. En torno a 20.000 combatientes, en su mayoría desertores talibanes, que han comenzado a recuperar sus trajes en cuevas, riscos y aldeas perdidas confiando en una nueva esperanza sectaria.

Aparentemente escarmentados, los nuevos dirigentes talibanes, más expertos aunque igual de fanáticos, han dado señales de que no renunciarán al fondo, pero sí esconderán las formas con las que en 1996 aterrorizaron al mundo. De sus declaraciones se desprende que su modelo pretende alejarse de la crueldad del ISIS y acercarse más al de sus tradicionales patronos, Arabia Saudí, un país igualmente wahabí, líder mundial en compraventa de armas, al que se vincula con la financiación del yihadismo global y en el que cada año se decapita a más de 300 personas, se lapida a las mujeres, se restringen sus derechos fundamentales y se segregan los espacios por sexos. Un Estado islámico afgano remasterizado desde el que tender un nuevo “puente de los muyahidines”, esta vez invertido, con Vladímir Putin atento a que se dirija hacia el oeste y no hacia el norte, por donde hace 30 años escapó el general Boris Grómov maldiciendo, como él, la perestroika.

Javier Martín es delegado de la Agencia Efe en el norte de África y autor de Suníes y Chiíes, los dos brazos de Alá y Estado Islámico, geopolítica del caos (Catarata).

Las cinco olas yihadistas | Internacional | EL PAÍS