
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el historiador del Reino de Marruecos y portavoz del Palacio Real, Abdelhak Lamrin y el ministro de Sanidad y Protección Social de Rabat, Khalid Ait Taleb, después de visitar el Mausoleo de Mohamed V. EUROPA PRESS
El Frente Polisario enfocaba la relación con el Partido Socialista desde 1976 en conseguir la anulación del Acuerdo Tripartito y el establecimiento de relaciones diplomáticas con un fututo Gobierno socialista en España.
La relación entre ambas organizaciones distingue tres períodos claramente diferenciados, marcados por la lejanía o la cercanía del partido al poder. La primera fase revestía un carácter casi testimonial por la insignificancia del lugar que ocupaba el PSOE entre las diferentes opciones políticas en los últimos años del franquismo.
La siguiente fase se inicia con la transición, cuando se vislumbra que los amigos incondicionales, protagonistas de las luchas contra la dictadura, ocupan un espacio electoral limitado en el nuevo contexto político, en que se visualiza la posibilidad de un PSOE como alternativa de gobierno. En ese momento se entrecruzan los intereses. Los saharauis necesitaban a España para aislar diplomáticamente a Marruecos y abrir la importante puerta de Europa a sus reivindicaciones; los socialistas, marcar su identidad progresista ante su militancia y los potenciales votantes. Es ahí donde debemos situar las declaraciones de Felipe González en los campos de refugiados de Tinduf, comprometiéndose a satisfacer las demandas diplomáticas una vez llegara a La Moncloa.
Con la victoria aplastante de 1982, se inicia una política rampante donde se desdibujan los límites de las relaciones, anclando las bases de una estrecha cooperación con Rabat, resultando difícil discernir entre la defensa de los intereses españoles y de los marroquíes.
Se olvidan las promesas de reconocimiento y se le niega al Frente Polisario cualquier estatus diplomático.
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