
Ese muro está camino de los baños, ahí no; y el otro está atravesado por el cable de la luz. Entonces ahí. Convertiremos el cable en estante y dibujaremos un gato más pequeño rodeado de libros arriba y abajo, que recuerde a aquellos gatos que adoptaban los eruditos árabes para dedicarles odas con el objetivo de que protegieran los preciados libros de cualquier ataque. ¿Y el andamio? Mañana viene, nos lo dejan de una casa nueva que ahora están construyendo porque la lluvia arrasó con la anterior. ¡Vaya! Entonces la parte de arriba tiene que ir rápido.
El mural será la portada del cuento del pacífico gato de Aussserd que custodia libros y atrae palabras de cualquier tiempo y de cualquier lugar para que se queden cerquita de él y se vayan colocando según les dé, como cintas al viento, atravesando la pared, descansando en los lomos de los libros o apelotonadas en mensajes que él mismo se encargará de esconder en su pelaje; mensajes, unos de letras grandes porque hay que tapar pared, otros de letras pequeñas y muy pegaditas porque es un gato atigrado con las orejas centinelas; y que como siguen faltando palabras busca a Hipatia en la sala de lectura y se la tatúa en su cuerpo, y pide a los niños y niñas de Ausserd mas frases para adornar su cola y a las bibliotecarias también para rellenar lomos vacíos; y deja que Enheduana se escape del libro de Irene Vallejo allá arriba a la izquierda para transitar sin perder altura hasta la pared de la derecha y quedarse allá como le corresponde, erigida en lo alto, sacerdotisa de las letras que ahora cuidará también
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