Las dos Pamplonas que convivían a finales de los 60 mantenían sus respectivos epicentros de reunión a escasos metros de distancia. En lo más alto de la calle Navarrería permanecía la Catedral de Pamplona, donde acudía el grupo más religioso y tradicional; en el número 29 de la misma calle, mientras tanto, abrió sus puertas Disco Club 29, la primera discoteca de la ciudad, que rompió moldes para la época.
Javier Osés y su socio Fernando Sáez abrieron la discoteca en diciembre de 1967 en ese lugar por un lado porque era un local barato, pero también por acercarse a aquel otro sector de la población que les miraba con recelo y que musicalmente se limitaba a escuchar jotas. El mismo día de la inauguración saltaron las chispas. “Acudió allí gente que no podía ver este tipo de música, iban golpeando cacerolas con mazos, un lío tremendo”, recuerda Juan Osés, hermano del fundador.
En el año 2018 celebraron el 50 aniversario de Disco Club 29 y Javier Osés le sugirió a su hermano, que llevaba 25 años escribiendo biografías, que debía escribir también algo sobre la Disco Club 29. Al fin y al cabo era parte de sus propias biografías. La pandemia y diversas circunstancias han retrasado el proyecto hasta ahora, pero Juan iba escribiendo esta historia a ratos y con gusto. Llegó a tener 1.000 páginas redactadas, de las que tuvo que eliminar 600. “Tengo buena memoria, y toda el alma que necesitaba, yo viví aquello”, apunta. Este miércoles presentó el resultado, ‘Ignatius en la Ciudad Beata’, dentro de la exposición ‘Rockanrolari. Rock navarro del siglo XX’ en el Archivo Real y General de Navarra. Un tercer Osés, Pedro, el artista de la familia que también estuvo allí, se ha encargado de las veinte ilustraciones que se incluyen en el libro.
Portada del librodn
Juan Osés recuerda que era un chaval y vivía en Sevilla -no le gustaba Pamplona- cuando su hermano Javier le escribió. Le contaba que iba a abrir una discoteca, a ver si le ayudaba. Era joven, le pareció ilusionante, y aceptó. Se encontró un local no muy grande, pero con fondo, en Navarrería. “En aquel momento, había una lucha tremenda entre la gente más clásica de Pamplona y nosotros, que no éramos nadie pero queríamos que cambiaran las cosas”, sostiene.
Se produjo cierta confrontación entre la gente más tradicional y ellos, que pinchaban música que compraba su hermano en Francia e Inglaterra, discos de Johnny Hallyday, Aznavour, Rolling Stones, The Animals, Chuck Berry o The Doors. Y luego eran fijos tocando grupos como Los Condes, y también Los Duendes, Los Desertores o Los Rebeldes, mientras en Larraina actuaba, por ejemplo, el Dúo Dinámico.
Los hermanos Osés, sin embargo, aseguran que también hubo un trasvase de personas de un lado a otro. Ellos vivían en Navarro Villoslada, al lado del Gobierno Civil, “en la zona nacional”, recuerda Juan, pero les tiraba más la gente menos formal. Su padre les hacía apagar la televisión cuando salía Franco.
El hecho es que “se creó una corriente muy buena entre los universitarios que estaban limitados por unas normas estrictas y nosotros”, señala Juan Osés.
Recuerdan estos hermanos por ejemplo cuando llegó un nuevo vecino, ‘el Bene’, al que llamaban así porque su padre era el jefe de la Guardia Civil en Navarra. Ellos vivían en el cuarto y ‘el Bene’ en el segundo. “Al principio nos mirábamos como las vacas al tren, pero luego la cosa empezó a cambiar, un día íbamos por la calle y los dos hablábamos con una confianza tremenda”, rememora Juan Osés.
Pedro y Juan Osés, este miércoles en el Archivo de Navarraeduardo buxens
Por su experiencia con las biografías el orden cronológico no es algo que le guste demasiado al autor del libro, de modo que aquí lo ha escrito por bloques, que se pueden leer en el orden que se quiera. El Ignatius del título es un homenaje a John Kennedy Toole, el autor de ‘La conjura de los necios’, y de hecho hay quien le ha dicho que el libro le recuerda a Eduardo Mendoza, por su sentido del humor.
El relato, además, está apoyado por los dibujos de Pedro, que reflejan el ambiente del local. Un trabajo muy importante porque quedan pocas fotos. “Él tenía más estructurada la historia, y había puntos que le parecían más plásticos, más interesantes, más caricaturescos, más atractivos”, explica Pedro Osés. “Yo conocía a mucha gente de entonces, y, para hacerlos ahora, incluso los que no teníamos fotografías, hablábamos entre nosotros”, señala el ilustrador.
Aquello estaba lleno de personajes. En el local estaba el que cuidaba que hubiera orden o los que más bebían. Y, sobre todo, había interés por conocer chicas, según recuerdan. “Eso era un gran motivo para nosotros, porque salíamos de una educación religiosa que no nos dejaban respirar y no podíamos ver el tobillo de una india en una película del Oeste”, sentencia Juan. También recuerdan personajes de la calle, como Eliseo, que vendía helados en las puertas de los colegios, o Navarro, el guardia que pasaba por la zona y ziriqueaba a su hermano Javier amenazándole con el tubo de escape que tenía pendiente reparar. “¡Que no tengo tiempo, me vas a multar otra vez?”, le contestaba él. “Había unos personajes extraordinarios, yo pienso que tenía que estar subvencionada esa gente, era buena gente y había un respeto hacia ellos”, asegura Juan Osés.
Hubo un día que llegó un grupo de la Ribera y como se encontraron con la discoteca cerrada sacaron la mayor carraca que Juan Osés ha visto en su vida y se pusieron a pegar en la puerta. Ellos estaban dentro y pensaron que si conseguían entrar les iban a matar. “Cuando ya pensábamos en lo peor resulta que veo que viene el Navarro: ‘¡Qué está pasando aquí!”, imita con voz recia. “Les cogió el DNI a todos, uno por uno, Y, bueno, tuvimos que abrir la puerta y a mi hermano le dijo: ‘Tú, a ver si vas a corregir eso del tubo de escape de una puta vez”, sonríe. Detrás de sus formas rudas si podía hacer un favor, lo hacía.
Tres años duró abierta la discoteca. Empezaron a abrir otras, con más iluminación, con gogós, y ellos dieron un paso atrás. “Después ya surgió todo, pero nosotros fuimos los que rompimos la cosa… Los primeros”, sostiene Juan.