¿Qué ocurrió ayer en Venezuela? Las hipótesis están abiertas y las especulaciones dan vueltas en el bombo donde nos jugamos el destino. En último extremo bien pudo ser el inicio de la tercera guerra mundial, que todo el mundo sospecha que está al llegar. De momento, si queremos abrirnos paso en la niebla, habremos de superar el susto, primero, y el estupor, después, para ceñirnos a algunas evidencias parciales que no necesariamente contienen claves resolutivas, digan lo que digan los promotores del evento de ayer al que han puesto el pomposo nombre de resolución absoluta. Ya veremos. De momento, hay dos aspectos de lo sucedido ayer muy intrigantes.
La pasividad de la defensa venezolana demuestra dos rasgos no necesariamente incompatibles: la impotencia y la complicidad de la sociedad receptora del ataque. Para no irnos muy lejos en el espacio y en el tiempo, los europeos deberíamos pensar en lo que le ocurrió a Francia en 1940; entonces, Francia era el patio trasero de Alemania. En este modelo de intervención blitzkrieg se necesita que la sociedad del país asaltado esté dividida y desmoralizada, a la vez que ensimismada, como en efecto ocurría en Francia entonces y ocurre ahora en Venezuela, lo que nos lleva al otro aspecto bizarro de la cuestión.
La guerra contra las drogas, el doble rasero de Trump contra América Latina
La detención de Maduro por presunto tráfico de drogas contrasta con el indulto del expresidente hondureño, Juan Orlando Hernández, condenado por el mismo delito
Donald Trump y John Ratcliffe en Palm Beach, Florida.WHITE HOUSE PRESS OFFICE HANDOUT (EFE)
La guerra contra las drogas retoma el protagonismo de décadas pasadas en América Latina, de la mano de Estados Unidos y su presidente, Donald Trump. La captura de Nicolás Maduro en Caracas, este sábado, en un operativo pocas veces visto en la región, enmarca el nuevo paradigma. Las drogas se erigen de vuelta en el enemigo público número uno para la gran potencia norteamericana, como hasta hace poco lo fue el terrorismo islamista. Los movimientos de Trump en los últimos tiempos revelan, sin embargo, ciertas contradicciones, que cristalizan en la figura del ahora indultado Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras.
Condenado hace año y medio en Nueva York, misma ciudad que acogerá el proceso contra Maduro, Hernández recibió el indulto de Trump hace apenas un mes. Fue una decisión controvertida, dada la condena contra el exmandatario centroamericano, que gobernó Honduras de 2014 a 2022. El jurado lo halló culpable de narcotráfico y posesión de armas automáticas –delitos que la justicia de EE UU finca igualmente a Maduro– y un juez lo sentenció a 45 años de prisión, pena que debería haberle mantenido en la cárcel de por vida. Pero entonces apareció Trump que, con un mensaje en su red social, Truth, anunció su perdón a finales de noviembre.
El republicano justificó su decisión días más tarde, señalando que la administración de su antecesor, Joe Biden, había tendido una trampa a Hernández. “La gente de Honduras pensó que le habían tendido una trampa (…) Analicé los hechos y estuve de acuerdo con ellos», dijo el presidente estadounidense. Trump no aportó prueba alguna de la supuesta trampa que sus antecesores habrían preparado contra el exmandatario hondureño –tampoco dijo qué gente de Honduras le había dicho tal cosa. Días después, Hernández, que pertenece al mismo partido del candidato presidencial al que Trump apoyaba en el país centroamericano, Tito Asfura, dejó la cárcel.
Los paralelismos entre el proceso contra Hernández y el que inicia ahora contra Maduro trascienden a los cargos. En ambos casos, la justicia estadounidense implica a uno de los principales traficantes mexicanos de los últimos 30 años, Joaquín El Chapo Guzmán, cabecilla del Cartel de Sinaloa. En el caso de Hernández, la Fiscalía de Estados Unidos probó que la estructura del Chapo, que cumple una condena en Colorado por narcotráfico, entre otros delitos, sobornó al entonces presidente hondureño con millones de dólares, a cambio de que su Gobierno le dejara usar las carreteras, las costas y el espacio aéreo nacional para traficar cocaína.
La acusación contra Maduro, nacida en 2020, durante el primer mandato de Trump, actualizada y divulgada este sábado, señala que el mandatario venezolano, su hijo, su mujer, y otras personas, caso del ministro de Interior y Justicia, Diosdado Cabello, “se asociaron” con el Cartel de Sinaloa para traficar cocaína a Estados Unidos, a través de Venezuela. El documento da algunos ejemplos y dice que, en 2011, El Chapo financió la construcción de laboratorios de cocaína en Colombia. Las FARC movían la cocaína producida de Colombia a Venezuela, donde la transportaban hasta pistas de despegue, todo con el visto bueno de Maduro, entonces todavía bajo el ala de Hugo Chávez.
Las contradicciones van más allá de la diferencia en el trato a los mandatarios. Ni Venezuela ni Maduro parecen jugar un papel importante en el tráfico de fentanilo a Estados Unidos, una de las obsesiones de Trump estos años, con que ha justificado buena parte de sus amenazas a sus socios regionales, particularmente México. No es ningún secreto que Venezuela da salida a la cocaína que se fabrica en Colombia, y en menor medida en Perú y Bolivia, todos países productores de hoja de coca, materia prima con que se produce la droga. Pero su papel en la producción y el tráfico regional de fentanilo es nulo.
Nicolás Maduro, tras ser arrestado.
Así lo dice la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito, que apenas detectó aseguramientos del opioide en el país sudamericano, entre 2022 y 2024, nada que ver con México o Canadá. La epidemia de muertes por sobredosis de opioides y opiáceos en Estados Unidos en los últimos años, que se cuentan por decenas de miles, fundamentan los alegatos de Trump, pero poco tienen que ver ahí Venezuela o Maduro. Tampoco parece uno de los negocios del Tren de Aragua, otro de los objetivos del mandatario estadounidense, designada organización terrorista hace unos meses. En la acusación contra Maduro, el tráfico de fentanilo ni siquiera aparece.
Lo ocurrido en Venezuela, donde la detención de Maduro y su esposa, Cilia Flores, habría dejado varias decenas de muertos, manda un aviso a la región, particularmente a Colombia. A preguntas de los periodistas, Trump le ha dicho este sábado a Gustavo Petro, presidente del país sudamericano, que “vigile su trasero”, en referencia a las “fábricas de cocaína” que funcionan en el país. A diferencia de Maduro, Petro ganó las elecciones en Colombia, sin polémica alguna. Además, este será su último año de Gobierno y no hay acusación ninguna en su contra. Pero, visto lo visto estos meses, todo puede cambiar rápido. Todo depende de Trump.
El ataque aéreo a objetivos de toda Venezuela y el secuestro de Maduro y su esposa deja el país en una situación de vulnerabilidad e incertidumbre, con un presidente Trump desbocado, que ha llevado la historia continental a un territorio desconocido.
Ociel Alí López: Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela
1. Un ataque sin precedentes
Nos encontramos ante un hecho sin precedentes en América del Sur: es la primera vez en la historia que Estados Unidos realiza una acción militar de este tipo en la región. Si bien han existido intervenciones en Centroamérica y las islas del Caribe, nunca había ocurrido en el subcontinente una invasión u operación militar de este tipo y mucho menos el secuestro de un presidente por parte de Estados Unidos.
Nunca había ocurrido en América del Sur una invasión u operación militar de este tipo y mucho menos el secuestro de un presidente por parte de Estados Unidos
Esto evidencia una radicalización de la doctrina Monroe, ahora revisitada por el presidente Donald Trump, la cual parece haber llegado para establecerse. Esto implica un desmantelamiento de facto de las experiencias de Gobiernos de izquierda en la región, marcando un camino que impide cualquier tipo de radicalización, independencia o soberanía que caracterizó no solo los primeros 25 años de este siglo en América Latina ante las oleadas de gobiernos progresistas, sino incluso las medidas de nacionalización de los regímenes militares y socialdemócratas del siglo pasado.
2. El objetivo central de esta operación es el crudo venezolano
A raíz de la declaración de Trump, en la tarde del 3 de enero, se confirma la intención de persistir en la intervención en Venezuela con el fin de controlar y reconstruir la industria petrolera. Y, peor aun, declararse dueño de su petróleo. El objetivo central de esta operación es el crudo venezolano. Esto no es una novedad, lo inédito es la ejecución directa de la acción, hecha por medios militares y no por medio de la intervención en procesos políticos.
Lo que esta Administración enfrenta entonces no es a un gobierno “comunista”, tampoco le importa ni se pronuncia sobre algún “déficit de democracia” o “irregularidad electoral”, ni menciona los “derechos humanos”, sino que se centra en el “narcotráfico”, algo que nunca se ha comprobado y sobre todo en el modelo de nacionalización petrolera que se instauró en Venezuela en 1975 no por el chavismo sino por Acción Democrática y el entonces presidente Carlos Andrés Pérez.
El objetivo central de esta operación es el crudo venezolano. Esto no es una novedad, lo inédito es la ejecución directa de la acción, hecha por medios militares y no por medio de la intervención en procesos políticos
Esta crítica al modelo de nacionalización petrolera podría explayarse a todo el proceso de nacionalizaciones y expropiaciones sobre recursos estratégicos llevados a cabo en América Latina tanto por regímenes militares como por gobiernos socialdemócratas. Pero también podría dirigirse hacia Groenlandia o cualquier territorio que quede en lo que pasa a ser el foco político de Washington: América. Así de regresivo es el planteamiento.
3. Cambia la forma de hacer política en la región
Un tercer punto crítico es la encrucijada con la que se enfrenta tanto el chavismo como cualquier movimiento o liderazgo de izquierda de ahora en adelante. La extracción selectiva y quirúrgica supone un riesgo que ahora parece imposible de eludir. Si el Gobierno y el Ejército venezolano, con todos sus componentes movilizados y en total alerta, luego de más de veinte años preparándose para acciones de este tipo, con aliados internacionales de peso, no pudieron impedir una acción de extracción de pocos minutos de su máximo líder, ahora quién podrá eludirlo. Hablamos de un certero riesgo que cambia el mapa político y la forma de hacer política beligerante en la región.
Delcy Rodríguez se muestra abierta a las negociaciones que permitan “salvar” al Estado-nación que se encuentra en serio riesgo, luego de que Trump hablara de una especie de “protectorado” sobre las zonas petroleras
Y el primer paso al respecto lo ha dado la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien ha denunciado la detención del presidente Nicolás Maduro, y el bombardeo de la aviación estadounidense, pero por otro lado ha mantenido las opciones de negociación mientras llama a la población a la calma y no a la movilización descarnada. Es decir, no se produjo un giro discursivo hacia la radicalización que exigen algunos sectores del chavismo, como el bloqueo a la venta del petróleo venezolano a EEUU, por ejemplo a la Chevron que sigue operando, ni al ataque compulsivo a empresas o ciudadanos estadounidenses existentes en el país.
Con esto, Rodríguez logra mantener la cohesión y dirigir el Gobierno, manteniendo un discurso apegado a la institucionalidad chavista, pero abierta a las negociaciones que permitan “salvar” al Estado-nación que se encuentra en serio riesgo, luego de que Trump hablara de una especie de “protectorado” sobre las zonas petroleras.
4. La operación más inesperada
Tras el ataque y la operación contra Maduro se impuso un escenario totalmente inesperado. Ningún analista contempló que el secuestro de Maduro u otro líder chavista se hiciese sin ningún tipo de desgaste del ejército invasor y, además, por medio de operaciones quirúrgicas que no necesitaran de grandes invasiones ni de los famosos “daños colaterales”.
El secuestro de Maduro no supuso ningún desgaste ni pérdidas lamentables para los atacantes. Una manera efectiva y exitosa que no existía sino en las películas de Hollywood
El chavismo se preparó para una invasión masiva y para una “guerra de guerrillas”, pero nunca para lo que sucedió. Maduro, a su vez, no contaba con una zona de confort como en su momento la tuvieron Muammar Gaddafi o Saddam Hussein, quienes huyeron hacia sus pueblos de origen donde mantenían alto grado de apoyo y pudieron mantener la resistencia al menos algunas semanas, lo que a larga generó un desgaste entre los invasores. El secuestro de Maduro no supuso ningún desgaste ni pérdidas lamentables para los atacantes. Una manera efectiva y exitosa que no existía sino en las películas de Hollywood. Este evento representa un hito sin precedentes a nivel global: la extracción de un presidente de manera sumamente limpia, logrando minimizar el impacto sobre la población civil.
Actualmente, Venezuela se encuentra en una situación de alarma y en un equilibrio precario. Sin embargo, tras culminar la operación, Donald Trump ha anunciado que no serán necesarias nuevas intervenciones o despliegues militares adicionales. Rodríguez asume el control de la situación a pesar de los rumores sobre su salida del país y las expectativas sobre el futuro de Venezuela aún son contradictorias: Estados Unidos no ha invadido Venezuela, aunque en el imaginario ya se conoce lo que es capaz de hacer.
Por Mohamed K. – El caso Maduro ha emergido como una cruda revelación de los excesos contemporáneos de la política internacional. Presentado por la administración estadounidense como una operación decisiva contra un régimen considerado ilegítimo, fue organizado con gran fanfarria mediática, llegando incluso a sugerir la captura o neutralización del presidente venezolano Nicolás Maduro. Sin embargo, tras esta narrativa espectacular, muchos observadores denuncian un golpe de Estado encubierto, oculto bajo la apariencia de una demostración de fuerza.
Según este análisis crítico, lo que se presenta como una victoria estratégica es más un engaño que una auténtica demostración de superioridad militar. La doctrina defendida por Donald Trump, basada en la agresión verbal, las amenazas constantes y la ostentación de poder, adolece de un grave defecto: la ausencia de demostraciones tangibles. Se basa en una intimidación calculada, diseñada para mantener la ilusión de una potencia militar global líder cuya fuerza es principalmente simbólica y se basa en la cobertura mediática.
En el caso venezolano, circulan varias hipótesis. Algunas sugieren la complicidad de allegados de Maduro, dispuestos a negociar entre bastidores para proteger sus intereses. Otras sugieren el consentimiento tácito del propio presidente, impulsado por su deseo de evitarle a la población una intervención militar directa. Muchos analistas temían que dicha intervención hubiera transformado a Venezuela en un nuevo Irak: un país devastado y fragmentado, asolado por una inestabilidad crónica en nombre de una supuesta liberación.
Este caso plantea principalmente la cuestión de la responsabilidad de las instituciones internacionales. Si las Naciones Unidas no condenan claramente este tipo de injerencia y exigen la liberación inmediata e incondicional del presidente venezolano, sentarán un precedente de consecuencias trascendentales. Al permitir que esta lógica se imponga, la ONU contribuirá a allanar el camino para un desorden global sin precedentes, donde la fuerza prevalece sobre la ley.
Porque tal pasividad creará un auténtico precedente internacional que legitima la agresión unilateral, siempre que se disfrace de retórica moral o de seguridad. A partir de ese momento, cualquier Estado podría arrogarse el derecho a intervenir más allá de sus fronteras, invocando la lucha contra un régimen, una red criminal o una supuesta amenaza.
El caso Maduro trasciende el caso venezolano. Pone de relieve el gran engaño de Donald Trump, consistente en una política exterior basada en la intimidación y el espectáculo, con el riesgo de desestabilizar permanentemente el orden internacional. Al normalizar la agresión y los hechos consumados, se tambalea la idea misma del derecho internacional, dando paso a una peligrosa ley del más fuerte.
En los últimos meses, el presidente Trump ha desplegado una imponente fuerza militar en el Caribe para amenazar a Venezuela. Hasta ahora, el presidente de Estados Unidos había utilizado esa fuerza —un portaaviones, al menos otros siete buques de guerra, decenas de aviones y 15.000 soldados estadounidenses— en ataques ilegales contra pequeñas embarcaciones que, él afirma, transportaban drogas. Este fin de semana, Trump intensificó drásticamente su campaña al capturar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, como parte de lo que denominó “un ataque a gran escala” contra el país.
Pocas personas sentirán simpatía por Maduro. Es antidemocrático y represivo, y ha desestabilizado el hemisferio occidental en los últimos años. Naciones Unidas publicó recientemente un informe en el que se detallan más de una década de asesinatos, torturas, violencia sexual y detenciones arbitrarias por parte de sus agentes contra sus oponentes políticos. Se robó las elecciones presidenciales de Venezuela el año pasado. Ha alimentado perturbaciones económicas y políticas en toda la región al instigar un éxodo de casi ocho millones de migrantes.
Sin embargo, si existe una lección primordial de las relaciones internacionales estadounidenses del siglo pasado, es que intentar derrocar incluso al régimen más deplorable puede empeorar las cosas. Estados Unidos pasó 20 años sin conseguir crear un gobierno estable en Afganistán y sustituyó una dictadura en Libia por un Estado fracturado. Las consecuencias trágicas de la guerra de 2003 en Irak siguen persiguiendo a Estados Unidos y al Medio Oriente. Quizá lo más relevante sea el hecho de que Estados Unidos ha desestabilizado esporádicamente países latinoamericanos, como Chile, Cuba, Guatemala y Nicaragua, intentando derrocar a un gobierno por la fuerza.
Trump aún no ha ofrecido una explicación coherente de sus acciones en Venezuela. Está empujando a nuestro país hacia una crisis internacional sin razones válidas. Si Trump quiere argumentar lo contrario, la Constitución establece lo que debe hacer: acudir al Congreso. Sin la aprobación del Congreso, sus acciones violan la ley de Estados Unidos.
La justificación nominal del aventurerismo militar del gobierno es destruir a los “narcoterroristas”. A lo largo de la historia, los gobiernos han calificado de terroristas a los dirigentes de naciones rivales, tratando de justificar las incursiones militares como operaciones policiales. La afirmación es especialmente ridícula en este caso, dado que Venezuela no es un productor significativo de fentanilo ni de las otras drogas que han dominado la reciente epidemia de sobredosis en Estados Unidos, y la cocaína que sí produce fluye principalmente a Europa. Mientras Trump ha estado atacando a las embarcaciones venezolanas, también indultó a Juan Orlando Hernández, quien dirigió una extensa operación de narcotráfico cuando fue presidente de Honduras de 2014 a 2022.
Una explicación más plausible de los ataques a Venezuela puede encontrarse, en cambio, en la recientemente publicada Estrategia de Seguridad Nacional de Trump. En ella se reivindica el derecho a dominar Latinoamérica: “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental”. En lo que el documento denominó el “Corolario Trump”, el gobierno prometió redesplegar fuerzas de todo el mundo en la región, detener a los traficantes en alta mar, utilizar la fuerza letal contra migrantes y narcotraficantes y, potencialmente, instalar más soldados estadounidenses en la región.
Al parecer, Venezuela se ha convertido en el primer país sometido a este imperialismo de los últimos tiempos, y representa un enfoque peligroso e ilegal del lugar de Estados Unidos en el mundo. Al proceder sin ningún atisbo de legitimidad internacional, autoridad legal válida o respaldo nacional, Trump se arriesga a dar una justificación a los autoritarios de China, Rusia y otros países que quieren dominar a sus propios vecinos. De forma más inmediata, amenaza con reproducir la arrogancia estadounidense que condujo a la invasión de Irak en 2003.
Como candidato presidencial, Trump parecía reconocer los problemas de la extralimitación militar. En 2016, fue el único político republicano que denunció la insensatez de la guerra de Irak del presidente George W. Bush. En 2024, dijo: “No voy a empezar una guerra. Voy a detener guerras”.
Ahora está abandonando este principio, y lo está haciendo de manera ilegal. La Constitución exige que el Congreso apruebe cualquier acto de guerra. Sí, los presidentes a menudo sobrepasan los límites de esta ley. Pero incluso Bush buscó y recibió el respaldo del Congreso para su invasión de Irak, y los presidentes desde Bush han justificado su uso de ataques con drones contra grupos terroristas y sus partidarios con una ley de 2001 que autorizó la acción tras los atentados del 11 de septiembre. Trump no tiene ni siquiera un pretexto de autoridad legal para validar sus ataques contra Venezuela.
Los debates del Congreso sobre la acción militar desempeñan un papel democrático crucial. Detienen el aventurerismo militar obligando al presidente a justificar sus planes de ataque ante la opinión pública y exigiendo a los miembros del Congreso que vinculen su propia credibilidad a esos planes. Durante años, tras la votación sobre la guerra de Irak, los demócratas que apoyaron a Bush, incluidos Hillary Clinton y John Kerry, pagaron un precio político, mientras que quienes criticaron la guerra, como Bernie Sanders y Barack Obama, llegaron a ser considerados proféticos.
En el caso de Venezuela, un debate en el Congreso pondría al descubierto la fragilidad de la lógica de Trump. Su gobierno ha justificado sus ataques contra las pequeñas embarcaciones alegando que suponen una amenaza inmediata para Estados Unidos. Pero un grupo variado de expertos jurídicos y militares han rechazado esta afirmación, y el sentido común también la refuta. Un intento de introducir drogas de contrabando en Estados Unidos —si es que, de hecho, todas las embarcaciones lo estaban haciendo— no es un intento de derrocar al gobierno o derrotar a su ejército.
Sospechamos que Trump se ha negado a solicitar la aprobación del Congreso para sus acciones, en parte porque sabe que incluso algunos republicanos del Congreso son profundamente escépticos sobre la dirección que está llevando a este país. Los senadores Rand Paul y Lisa Murkowski y los representantes Don Bacon y Thomas Massie —todos ellos republicanos— ya han respaldado legislaciones que limitarían las acciones militares de Trump contra Venezuela.
El gobierno parece haber matado a personas indefensas. En un ataque, la Marina realizó un segundo ataque contra una embarcación ya destruida, unos 40 minutos después del primer ataque, matando a dos marineros que se aferraban a los restos de la embarcación y no parecían representar ninguna amenaza. Como ha escrito nuestro colega David French, exabogado del ejército estadounidense: “Lo que separa la guerra del asesinato es la ley”.
Los argumentos jurídicos contra las acciones de Trump son los más importantes, pero también existe un argumento realista si se ve con analíticamente. No son del interés de la seguridad nacional de Estados Unidos. Lo más parecido a una analogía alentadora es la invasión de Panamá por el presidente George H. W. Bush hace 36 años este mes, que expulsó del poder al dictador Manuel Noriega y ayudó a encaminar a Panamá hacia la democracia. Sin embargo, Venezuela es diferente en aspectos importantes. Panamá es un país mucho más pequeño, y fue un país en el que funcionarios y soldados estadounidenses habían operado durante décadas debido al canal de Panamá.
El potencial de caos en Venezuela parece mucho mayor. A pesar de la captura de Maduro, los generales que han apuntalado su régimen no desaparecerán de repente. Tampoco es probable que entreguen el poder a María Corina Machado, la figura de la oposición cuyo movimiento parece haber ganado las últimas elecciones del país y quien aceptó el Premio Nobel de la Paz el mes pasado.
Entre las posibles consecuencias negativas está la posibilidad de un aumento de la violencia por parte del grupo militar colombiano de izquierda ELN, que tiene un punto de apoyo en la zona occidental de Venezuela, o por parte de los grupos paramilitares conocidos como “colectivos” que han operado en la periferia del poder bajo la dictadura de Maduro. Nuevos disturbios en Venezuela podrían desestabilizar los mercados mundiales de la energía y los alimentos y empujar a más migrantes por todo el hemisferio.
Entonces, ¿cómo debe abordar Estados Unidos el continuo problema que significa Venezuela para la región y los intereses estadounidenses? Compartimos las esperanzas de los venezolanos desesperados, algunos de los cuales han defendido la intervención. Pero no hay respuestas fáciles. A estas alturas, el mundo debería comprender los riesgos de un cambio de régimen.
Mantendremos la esperanza de que la crisis actual acabe menos mal de lo que esperamos. Tememos que el resultado del aventurerismo de Trump se traduzca en un mayor sufrimiento para los venezolanos, un aumento de la inestabilidad regional y un daño duradero para los intereses de Estados Unidos en todo el mundo. Sabemos que el belicismo de Trump viola la ley.
Nunca hubo paz en los reinos del dios del Sinaí, el colérico que ordenó a Moisés que estampara las tablas de la ley contra las cabezas de la grey irredenta. Nunca hubo paz, a menos que llamemos así a la fachada de elcorteinglés o a las innumerables bombillas del alcalde de Vigo al borde de la histeria lumínica. Nunca hubo paz, ni con el dios del antiguo testamento ni con sus sucesivos avatares históricos, a los que adoramos aquí y allá en esta parte del planeta. Este año, unos misiles de clase tomahawk lanzados desde un crucero de guerra surto en el golfo de Guinea han impactado a dos mil kilómetros al norte en lugares indeterminados con efectos desconocidos.
Nada más se sabe del ataque, ni su objetivo material, ni su eficiencia destructiva ni las causas reales del disparo, excepto lo que ha proclamado su autor, el emperador de occidente, que eran para vengar a los cristianos de la vesania de los musulmanes. El misil tomahawk es la estrella de belén. Los progres sabihondos se han apresurado a deconstruir esta prédica. En Nigeria, lugar de los hechos, la población es musulmana y cristiana por mitad y no hay persecución religiosa, si bien una parte del país es ingobernable y en ella se cruzan intereses económicos y políticos locales e internacionales y bandas criminales o terroristas, para usar el término canónico, campan a sus anchas. El gobierno nigeriano ha tenido que aceptar la bravuconada del emperador senil y ha reconocido que el ataque se ha producido con su concurso, lo que no añade más luz al incidente. Los progres se empeñan en descubrir la verdad empírica sin querer percatarse de que la verdad es una agregación de leyendas que envuelven el vacío como la piel de la cebolla.