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FUENTE: https://estrategiaydefensadelsigloxxi.blogspot.com/2025/08/la-guerra-de-iran-irak-el-horrible.html
Este es un adelanto de nuestro libro «IRÁN y sus Fuerzas Armadas. Su particular Sistema de Defensa y Seguridad», donde transcribimos el primer capítulo de dicha obra, que pronto estará a la venta como también gratis en PDF. Transcribimos el capítulo dedicado a la Guerra Irán Irak, cumpliéndose este 2025, 45 años de su inicio.
Por el Dr Jorge Alejandro Suárez Saponaro
Mg. en Defensa Nacional.
La guerra desatada en 1980, siendo la justificación una serie de reclamaciones territoriales, escondía intereses mucho más complejos tanto de actores regionales como extrarregionales. El detonante fue la denuncia del Tratado de Argel, por parte de Irak, escalando el conflicto, en atención que consideraba que Irán bajo el nuevo régimen revolucionario, estaba completamente vulnerable. El resultado fue la consolidación del régimen establecido en 1979, con el derrocamiento de la dinastía Pahlevi y una verdadera “escuela” donde se forjaron los futuros mandos de las Fuerzas Armadas iraníes, especialmente el Ejército de los Guardianes de la Revolución Islámica (“pasdaran”).
Las pérdidas sufridas, el aislamiento internacional que padeció Irán durante el conflicto, sin ninguna duda marcó el pensamiento en materia de Defensa Nacional para Teherán. En este capítulo de manera sintética, hablaremos los puntos más destacables del conflicto.
Los objetivos de los beligerantes, tomando en cuenta la bibliografía existente:
a) Irak.
b) Irán.
Las Fuerzas Armadas de Irán, durante el reinado del sha Mohammad Reza Pahlevi, habían alcanzado teóricamente un alto nivel de desarrollo, gracias a los ingresos petroleros y la estrecha alianza con Occidente, permitiendo adquirir modernos sistemas de armas, pero con una fuerte dependencia del asesoramiento extranjero para su operación y mantenimiento. Las inversiones se orientaron a las fuerzas terrestres y aéreas, bajo los sueños del sha de convertir a Irán en la primera potencia del Próximo Oriente. En este proceso, también se sentaron las bases para el desarrollo de una industria de defensa local.
El despliegue de las fuerzas armadas estaba orientado, especialmente hacia la frontera con Irak, considerado la principal hipótesis de conflicto, por el viejo conflicto del Shatt el Arab. Esto tuvo sus ventajas a la hora de responder ante el ataque iraquí.
El triunfo de la Revolución Islámica de 1979, significó una crisis para las Fuerzas Armadas, por las deserciones, purgas, ejecuciones de altos mandos y el exilio de muchos cuadros capacitados. El retiro de millares de asesores extranjeros, afectó también la operación de sistemas de armas complejos, especialmente la Fuerza Aérea. Los grupos paramilitares islamistas, se transformaron por orden del ayatolá Jomeini, en la base de un nuevo ejército, que en una primera instancia iba absorber las fuerzas armadas heredadas de tiempos del sha. Finalmente, se transfomó en otra fuerza armada, con rango constitucional: el Ejército de los Guardianes de la Revolución Islámica, cuyo proceso de expansión en plena guerra con Irak incluyó la creación de las armas aérea y naval, además de una milicia popular, conocidos como Basij.[1]
El liderazgo iraquí consideró que la delicada situación de las fuerzas armadas iraní y la inestabilidad derivada del nuevo régimen imperante en Teherán, jugaba a su favor en el marco de una acción militar. Irak tenía fuerzas armadas modernas, pero su alto mando, estaba altamente politizado y los ascensos estaban marcados por lealtades de clan, influencias políticas, más que por talento profesional. La personalidad de Saddam Hussein no ayudaba, siempre temeroso de un golpe de estado, llevó a cabo violentas purgas y ejecuciones de altos oficiales, afectando la conducción estratégica y operacional de las fuerzas armadas de Irak.

Primera fase de la guerra (22 de septiembre de 1980 – enero de 1981)
En septiembre de 1980,[2] las fuerzas de Irak, lanzaban la Operación Kadisiya, en honor a la batalla librada por las tropas árabes en 637, que derrotaron a las fuerzas del imperio persa sasánida.
En cuanto al despliegue inicial de las fuerzas en el Teatro de Operaciones, en las fases iniciales de la guerra:
a). Frente Norte, siendo el centro de gravedad: Kirkuk. Los iraquíes desplegaron cuatro divisiones de infantería, siendo la reserva un Cuerpo de Ejército. Lo iraníes contaban con dos divisiones de infantería
b) Frente Centro. El centro de gravedad era Bagdad: los iraquíes tenían dos divisiones de infantería, una división mecanizada y una división blindada. Irán contaba con una división de infantería y otra blindada.
c) Frente Sur. Centro de Gravedad: Kasiriya. Irak contaba con dos divisiones mecanizadas, dos divisiones blindadas y un Cuerpo de Ejército como reserva.
d) Reserva Estratégica: Irak contaba con una división blindada y formaciones de apoyo en Bagdad. Irán en Teherán, dos divisiones mecanizadas y una blindada.
El Objetivo Estratégico Operacional fijado por Irak fue la conquista y ocupación de las ciudades iraníes de ciudades de Abadan y Khorramshar, eventualmente Ahwaz y especialmente, la ciudad de Dezful, centro de la terminal petrolera de la isla Kharg y el puerto de Bandar Chapur. Esto estaba en consonancia con la materialización de los Objetivos Político y Militar: el control del Shatt el Arab y de la provincia iraní de Juzestán. De lo enunciado es desprenden dos Direcciones Estratégicas Operacional Principal y Secundaria.
En cuanto a las Direcciones Estratégicas:
a) Estratégica Operacional Principal: ubicada en el sur del Teatro de Operaciones se materializa en el eje Basora – Khorramashar – Abadán. Estaba en relación con los objetivos fijados por los reclamos de Irak. Estaban asignados los medios con suficientes capacidades para llevar alcanzar los objetivos fijados por el nivel estratégico, incluyendo la ocupación de la provincia iraní de Juzestán.
b) Estratégica Operacional Secundaria: ubicada en el Frente Centro, con eje en Bagdad – Ghasr e Chirin, abriendo la posibilidad de la prolongación hacia el interior de Irán.
En el sector Sur, los iraquíes no concentraron todo su poder de combate, a pesar de ser el principal objetivo de la guerra. Asimismo, la distribución de objetivos responde al concepto de “ataque frontal” y no la clásica maniobra de envolvimiento, rodeo o ruptura, siendo lo ideal en este tipo de operaciones militares. Las razones posibles que el alto mando iraquí adoptó la división del teatro de operaciones en tres sectores y adoptara la idea de un ataque frontal, se debía posiblemente a cuestiones interna del país. En el norte, la población kurda tenía una relación conflictiva con Bagdad y podía impulsar a Irán apoyar una rebelión de mayor magnitud. También estaban los importantes pozos petroleros de Kirkuk. En la región central, Bagdad está a solo 150 km de la frontera iraní.
El Objetivo Estratégico Operacional desde el lado de Irán, consistió en la recuperación de los territorios ocupados por el enemigo y la ocupación de lugares puntuales en Irak, debilitando su capacidad ofensiva, garantizando el mantenimiento de las regiones recuperadas. La captura de la terminal petrolera de Fao, el intento de capturar los pozos petroleros de Kirkuk y el asegurar el control del Shatt el Arab, con la ocupación de Basora. Los iraníes en una primera instancia, a diferencia de los iraquíes, adoptaron un criterio de economía de fuerzas, sin buscar cubrir todo el frente. Organizaron un dispositivo de defensa en profundidad, por medio de escalones y con una adecuada reserva dispuesta para acudir cuando sea necesario en cualquier punto del frente.
| Tropas iraníes usando máscaras. Irak hizo un empleo extensivo de armas químicas, prohibidas expresamente por el derecho internacional. |
Las fuerzas iraquíes lanzaron operaciones aéreas a escala contra la industria petrolera iraní y bases de la Fuerza Aérea Iraní. En el frente norte, Irak mantuvo una actitud defensiva. La ofensiva en el sur perdió empuje, dado la enconada resistencia iraní, impulsando a Bagdad a lanzar acciones en Judeimaniyeh y Marivan. En dicho sector la principal victoria de Irak fue la captura del puerto de Khorramashar en octubre de 1980, luego de un mes de dura resistencia iraní. Esta localidad era la llave de acceso a las ciudades de Ahwaz y Abadan, y por ende significaba la conquista de Juzestán. La eficaz defensa iraní, permitió el repliegue del ejército de manera ordenada. El régimen internacional de sanciones a Irán, obligó a los estrategas de Teherán a reorganizar la logística, apelar el mercado negro y movilizar los recursos nacionales para apoyar el esfuerzo de guerra.
En esta etapa del conflicto, las fuerzas iraquíes sitiaron la ciduad de Abadán, sede entonces de una de las refinerías más grandes del mundo, donde la resistencia en una primera etapa estuvo en manos de los pasdaran y milicias Basij. En estas batallas, se formaron jóvenes mandos de dichas organizaciones militares, que operaban separadas del ejército. Recién en 1982, comenzaron a funcionar de manera conjunta, cosechando numerosos éxitos en el campo de batalla.
La Operación Morvarid (Perla) llevada a cabo de manera conjunta entre la Armada y la Fuerza Aérea iraní, desarrollada en noviembre de 1980, tuvo como resultado la destrucción de las dos terminales petroleras más importantes de Irak: Mina al Bakr y Khor-al-Amaya, además de la destrucción de gran parte de la Marina iraquí e instalaciones de radar. Este tipo de operaciones, puso en evidencia, que los cuadros que sobrevivieron a las violentas purgas y ejecuciones de los primeros días de la Revolución, eran competentes y eran buenos profesionales.
(…)
¿Pueden los bisontes ayudar a prevenir los incendios? Pregunto a la IA Sí, los bisontes pueden ayudar a prevenir incendios forestales. Su …
TRAED DE NUEVO EL BISONTE*
¿Qué tiene de especial ese número? ¿Qué secreto guarda entre sus dígitos? ¿Qué clave esconde? Es evidente que capicúa no es, ni tampoco número primo.…
640,80

Dans un peu plus de deux mois, on commémorera les 50 ans de l’occupation du Sahara occidental par le Maroc. Elle fut suivie de la disparition d’un nombre incalculable de personnes, dissimulé par l’opacité du régime marocain et la complicité française, ainsi que d’un grand nombre de morts sous les bombes au napalm et au phosphore blanc, sans compter les combattants tombés sur le champ de bataille, également impossibles à recenser.
Au Sahara, s’est réalisée l’occupation totale qu’annonce aujourd’hui le gouvernement Netanyahou pour la bande de Gaza, et l’on veut transformer le Sahara en station balnéaire, comme Trump décrivait récemment Gaza.
Et nous ? L’Espagne, alors occupée par la fin de la dictature et la conquête de la démocratie, assista en silence à ce qui fut également un véritable génocide. Et elle assiste encore, car, à part une petite partie de notre société qui coopère avec les réfugiés de Tindouf et accueille des milliers d’enfants dans le cadre de Vacances en Paix (et ce n’est pas rien), l’Espagne détourne le regard, malgré toutes les résolutions de l’ONU exigeant un référendum d’indépendance pour le Sahara occidental.
Comme en Palestine, les colons marocains se sont emparés du Sahara historique, de ses terres et de ses richesses. Comme dans les territoires occupés par Israël, au Sahara il est interdit d’être sahraoui. Comme en Cisjordanie, où les sionistes brûlent les oliviers, le Maroc a incendié les tentes de Gdeim Izik, symbole de la volonté de lutte du peuple sahraoui. Les symboles brûlent bien.
Gaza est aujourd’hui une plaie ouverte au flanc de l’humanité, comme l’a été et continue de l’être le Sahara, l’ancien Sahara occidental, la 53e province abandonnée à son sort et à l’occupation.
La seule différence (et elle n’est pas moindre), c’est que le Sahara est notre Gaza, que notre responsabilité n’est pas celle d’un pays quelconque, mais celle d’un État qui a colonisé et fait sienne cette terre, et qui a l’obligation de lui rendre la parole et d’exiger la fin de l’occupation. Chaque jour, chaque heure, chaque minute.
Sahara libre.
Le texte de Gonzalo Moure pointe avec précision une vérité dérangeante : l’Espagne n’est pas un spectateur neutre du drame du Sahara occidental, mais un acteur porteur d’une responsabilité historique et politique directe. Il ne s’agit pas d’une solidarité optionnelle, mais d’une dette envers un peuple livré à ses bourreaux.
Le cas sahraoui est d’autant plus grave pour l’Espagne qu’il ne s’agit pas d’un conflit lointain ni d’une cause étrangère : c’est le résultat direct d’une trahison consommée par l’État espagnol. En 1975, Madrid a remis le territoire au Maroc et à la Mauritanie dans un pacte illégal qui a servi à blanchir une invasion déjà en cours. Ce ne fut pas un retrait, mais une fuite lâche, abandonnant un peuple sans défense. Depuis lors, tous les gouvernements espagnols — de droite comme de gauche — ont entretenu une complicité active avec Rabat, protégeant ses intérêts et étouffant ses crimes. Le récent soutien de Pedro Sánchez au plan d’autonomie marocain n’est pas une erreur diplomatique : c’est la confirmation que l’Espagne est passée du statut de puissance administrante à celui de complice permanent de l’occupation.
La phrase de Moure, « Les symboles brûlent bien », évoque Gdeim Izik, l’« intifada sahraouie » de 2010, brutalement réprimée, et nous rappelle que la répression marocaine vise à effacer la mémoire collective pour imposer l’oubli. Face à cela, la parole, la mémoire et la dénonciation sont des armes essentielles.
À deux mois de marquer 50 ans d’occupation, l’enjeu n’est pas seulement d’exiger un référendum, mais de briser le récit marocain qui présente le Sahara comme une « province » et de démonter le blindage diplomatique que Paris et d’autres alliés offrent à Rabat. Comme à Gaza, le colonialisme et l’occupation ne tombent pas d’eux-mêmes : il faut forcer leur fin.
Sahara libre. Palestine libre. Fin du colonialisme.

Depuis près de deux décennies, le Maroc tente d’imposer son soi-disant “plan d’autonomie” comme la clé pour clore définitivement la question du Sahara Occidental. À force de répétition et grâce à des complicités internationales, ce récit s’est imposé dans certains cercles politiques et médiatiques qui le présentent comme “la solution la plus réaliste”. Mais il ne s’agit pas de réalisme, mais de résignation face à une occupation illégale. Derrière cette formule se cache un objectif clair : liquider le droit inaliénable du peuple sahraoui à l’autodétermination et blanchir, avec un vernis de légitimité internationale, l’annexion d’un territoire reconnu par l’ONU comme non autonome et en attente de décolonisation.
Le discours qui accompagne ce plan est profondément politique : il vise à déplacer le centre du débat, de l’autodétermination vers l’acceptation de la souveraineté marocaine comme point de départ, transformant l’occupant en “administrateur légitime” et la victime en “minorité à intégrer”. Ce changement de cadre n’est pas innocent : il répond aux intérêts stratégiques de puissances qui privilégient les accords économiques, militaires et énergétiques avec Rabat plutôt que le respect du droit international. Accepter cette prémisse ne trahit pas seulement un peuple qui vit depuis près d’un demi-siècle en exil et sous répression, mais crée aussi un dangereux précédent pour tous les processus de décolonisation encore inachevés dans le monde.
Le soi-disant plan d’autonomie est incompatible avec la légalité internationale. La Résolution 1514 (XV) de l’Assemblée générale des Nations Unies proclame que « tous les peuples ont le droit à l’autodétermination ; en vertu de ce droit, ils déterminent librement leur statut politique ». De même, l’Avis consultatif de la Cour internationale de Justice (1975) a clairement affirmé qu’« aucun lien de souveraineté territoriale entre le territoire du Sahara Occidental et le Royaume du Maroc n’a été établi ». Toute proposition reposant sur la prémisse d’une souveraineté marocaine imposée est donc contraire au droit international. Les arrêts de la Cour de justice de l’Union européenne en 2016, 2018 et 2021 ont réaffirmé que le Sahara Occidental est « un territoire distinct et séparé » du Maroc, et que son peuple doit donner son consentement pour tout accord le concernant, invalidant ainsi tous les actes et projets menés sans ce consentement.
Même dans une perspective purement hypothétique, l’application d’un plan d’autonomie dans le contexte politique marocain est dénuée de toute crédibilité. Nous ne parlons pas d’un État démocratique doté d’institutions indépendantes et de garanties effectives des droits, mais d’un régime autoritaire où le pouvoir est concentré autour du monarque et du Makhzen, avec des structures et des pratiques d’allure quasi médiévale. La répression du mouvement rifain en 2017, les arrestations massives de journalistes et d’activistes, et la criminalisation de toute manifestation pacifique dans le reste du pays montrent que Rabat ne tolère aucune dissidence, pas même à l’intérieur de ses frontières reconnues. Comment pourrait-on imaginer une véritable “autonomie” dans un territoire occupé, alors que dans l’ensemble du pays les libertés fondamentales – d’expression, d’association, de manifestation – ne sont pas respectées ? Dans ces conditions, ce plan n’est pas seulement illégal au regard du droit international, mais aussi impraticable : une manœuvre destinée à rassurer la communauté internationale tout en maintenant intact le contrôle absolu de Rabat.
Présenter ce plan comme “la solution” n’est pas seulement juridiquement nul, mais aussi politiquement pervers. Remplacer le référendum par une autonomie sous occupation revient à légitimer l’usage de la force pour s’approprier un territoire – pratique interdite par la Charte des Nations Unies. Cela signifie aussi institutionnaliser la répression contre la population sahraouie dans les territoires occupés, où militants et journalistes sont poursuivis, emprisonnés et, dans bien des cas, torturés pour avoir exercé leur droit à la protestation ou pour avoir informé. Selon Amnesty International, des figures comme Sultana Jaya ont passé des années en assignation à résidence sans procès, et l’ONU a documenté des détentions arbitraires et des procès sans garanties contre les défenseurs des droits humains.
À la répression politique s’ajoute le pillage économique. Le Maroc extrait chaque année plus de deux millions de tonnes de phosphate du gisement de Bou Craa, l’un des plus grands au monde, et les exporte sans le consentement du peuple sahraoui, comme le documente Western Sahara Resource Watch. Des entreprises européennes et multinationales ont signé des contrats illégaux pour exploiter les zones de pêche atlantiques au large des côtes sahraouies, en dépit des arrêts de la CJUE interdisant d’inclure le Sahara Occidental dans des accords commerciaux sans l’accord explicite de ses représentants légitimes. Rabat développe également des mégaprojets d’énergie éolienne et solaire dans le territoire occupé, destinés à alimenter à la fois le Maroc et des entreprises étrangères, perpétuant un modèle d’exploitation qui prive la population autochtone de tout bénéfice.
Le Conseil de sécurité des Nations Unies a établi dans sa Résolution 690 (1991) la création de la MINURSO afin d’organiser un référendum libre et équitable permettant au peuple sahraoui de « décider librement de son destin ». Cette obligation n’a pas disparu, même si le Maroc et ses alliés tentent de l’enterrer sous un langage diplomatique calculé. Ni l’ONU n’a approuvé ce plan comme unique voie, ni elle ne peut le faire sans violer ses propres principes fondateurs.
L’occupation du Sahara Occidental n’est pas “résolue” par le plan marocain. Ce qu’il résout, c’est uniquement le besoin de Rabat d’obtenir une reconnaissance implicite de son occupation et de continuer à exploiter impunément un territoire qui ne lui appartient pas. La communauté internationale – et en particulier les États qui se disent défenseurs du droit international – a l’obligation politique et morale de rejeter cette tentative de clôture fictive. La vérité est simple : tant que le droit à l’autodétermination ne sera pas garanti, il n’y aura pas de paix ; et tant que l’occupation persistera, le Sahara Occidental restera un dossier ouvert de décolonisation inachevée.
Ce plan ne “résout” rien pour le peuple sahraoui : il institutionnalise la répression et le pillage des ressources. Sans autodétermination, pas de paix.

Hier, 14 août 2025, l’actualité sahraouie est marquée par trois grands axes : la disparition d’une figure historique de la résistance pacifique, la voix d’un diplomate américain influent réclamant justice, et la clôture d’une importante rencontre politique qui réaffirme la détermination de tout un peuple.
La journée a été profondément marquée par la mort de Brahim Sabbar, défenseur historique des droits humains et ancien secrétaire général de l’ASVDH. Victime de disparition forcée et de détention politique, il a consacré sa vie à documenter les violations commises sous l’occupation marocaine et à accompagner les victimes. Sa disparition a été largement déplorée par des organisations telles que le CODESA et l’Association des Journalistes et Écrivains Sahraouis en Europe, qui le décrivent comme un symbole de dignité et d’engagement indéfectible.
Sur le plan international, l’ancien conseiller à la sécurité nationale des États-Unis, John Bolton, a dénoncé la passivité de la communauté internationale face au conflit et a exigé la tenue d’un référendum d’autodétermination. Dans des déclarations à El Moudjahid, il a réaffirmé que « Le Maroc et le Sahara occidental n’ont jamais été un seul et même pays », soulignant que sans la voix du peuple sahraoui, aucune solution n’est possible.
S’est également achevée à Boumerdès (Algérie) la 13ª Universidad de Verano del Frente Polisario, une rencontre qui a réuni plus de 400 cadres du gouvernement sahraoui, des représentants de la société civile, des diplomates et des organisations internationales. L’événement a réaffirmé la résistance face à l’occupation marocaine et dénoncé la complicité de puissances étrangères dans le pillage des ressources naturelles du Sahara occidental.
Le programme d’actualité se complète par d’autres informations importantes :
Plateforme « No te olvides del Sahara Occidental » (toutes les informations du jour citées ICI).

15 août 2025. Le gouvernement de transition du Mali a annoncé l’arrestation de dizaines de militaires et de civils accusés de participer à un plan visant à « déstabiliser les institutions de la République ». Parmi les personnes arrêtées figurent deux généraux maliens et un ressortissant français, que les autorités accusent de travailler pour les services de renseignement de son pays. Cette annonce intervient dans un contexte de fortes tensions politiques internes et de confrontation ouverte avec d’anciens partenaires occidentaux.
Selon la version officielle, le réseau aurait commencé à être démantelé début août et aurait bénéficié du soutien « d’États étrangers ». Parmi les militaires arrêtés figurent le général de brigade Abass Dembélé, ancien gouverneur de Mopti, et le général Néma Sagara. Le ressortissant français, identifié par certains médias comme Yann Vezilier, est accusé d’agir pour le compte du renseignement extérieur français. Jusqu’à présent, aucune preuve publique n’a été présentée, laissant l’affaire entourée de l’opacité caractéristique de ce type de crise politique.
Cet épisode ne peut être compris indépendamment du tournant géopolitique dans le Sahel. Après avoir rompu avec la France en 2022 et expulsé les troupes étrangères, le Mali a renforcé sa coopération avec la Russie et ses alliés régionaux de la Confédération des États du Sahel (AES), aux côtés du Burkina Faso et du Niger, en quittant la CEDEAO et en dénonçant son rôle d’instrument des intérêts extérieurs. Dans ce contexte, l’arrestation d’un Français n’est pas un simple fait divers : c’est un geste politique qui alimente le discours de résistance aux ingérences occidentales, tout en servant à consolider le pouvoir de la junte face aux dissidences internes.
La conjoncture interne éclaire le moment choisi pour cette annonce. Le 12 août, à peine trois jours avant, l’ancien Premier ministre Choguel Kokalla Maïga, l’une des rares figures politiques de poids hors du cadre militaire, a été arrêté dans le cadre d’une enquête pour corruption. En mai, la junte a dissous les partis politiques, et en juin, elle a prolongé de cinq ans le mandat du colonel Assimi Goïta, fermant toute perspective de retour rapide à un gouvernement civil. Dans ce cadre, la dénonciation d’un complot externe fonctionne aussi comme avertissement interne et instrument de contrôle.
L’histoire du Sahel est marquée par les interventions militaires étrangères qui ont affaibli les États, alimenté les conflits et ouvert la voie au pillage des ressources. La France, ancienne puissance coloniale, a maintenu une présence constante sous prétexte de « lutte contre le terrorisme », mais ses opérations ont laissé derrière elles plus d’insécurité et un rejet croissant. Que la junte malienne pointe aujourd’hui un agent français comme pièce d’un plan de coup d’État ne constitue pas un fait isolé : cela s’inscrit dans une longue série d’accusations d’ingérence allant des coups d’État dissimulés aux opérations de renseignement et à la manipulation politique.
Au-delà de la véracité ou non du complot dénoncé, il est évident que le Sahel reste un champ de bataille pour la souveraineté et le contrôle géopolitique. L’instrumentalisation des menaces extérieures, réelles ou supposées, peut renforcer des gouvernements de facto, mais elle exprime aussi une méfiance profonde envers des puissances qui, historiquement, ont agi dans la région comme arbitres et bénéficiaires, jamais comme alliés sincères de son développement.
Depuis l’expérience sahraouie, il n’est pas surprenant de constater que la France se place au centre d’opérations politiques et militaires visant à soutenir des régimes favorables à ses intérêts stratégiques et économiques, même au détriment des droits des peuples. Comme au Sahara Occidental, où Paris a été l’un des principaux soutiens de l’occupation marocaine, le schéma se répète au Sahel : appui diplomatique, coopération militaire sélective et, si nécessaire, opérations clandestines. La leçon est claire : la véritable souveraineté en Afrique passe par la rupture avec les rouages de l’ingérence néocoloniale.
Sources consultées : Agence France-Presse (AFP), Le Monde, Associated Press (AP), TRT World, TF1 Info, Yenisafak, France 24, Al Jazeera, Policy Center for the New South, analyse de contexte historique et géopolitique du Sahel élaborée par la rédaction de NO TE OLVIDES DEL SÁHARA OCCIDENTAL.

A cincuenta años de su fundación, el Frente POLISARIO, atraviesa una profunda crisis institucional, con implicaciones significativas para la …
¿Hacia dónde va el Frente POLISARIO?